domingo, 8 de agosto de 2010

La novela de la vida: por Antonio Muñoz Molina




La novela de la vida


ANTONIO MUÑOZ MOLINA, BABELIA EL PAÍS  31/07/2010

 Podría seguir el hilo de mi vida si recordara las circunstancias de cada una de mis lecturas del Quijote, si tuviera a mano cada una de las ediciones en las que he ido leyéndolo. Me acuerdo del color amarillento y del tacto de la primera de todas, que estaba en mi casa por azar, junto a otros dos libros de aspecto rancio y con ilustraciones sombrías y por momentos pavorosas para una imaginación infantil: un Orlando Furioso ilustrado por Gustave Doré, una extraña novela que se titulaba Historia de un hombre contada por su esqueleto, de la que sólo recuerdo, aparte del título, una imagen de la que no podía apartar los ojos: una reunión de damas y caballeros en un salón del siglo XIX y, entre ellos, sentado en un sofá con las piernas cruzadas y sosteniendo un cigarrillo, un esqueleto humano. Casi no había otros libros en toda la casa. Hojearlos, mirar sus ilustraciones cuando aún no sabía leer, era adentrarse en esa penumbra de lejanía temporal que tenían los dormitorios y los armarios de los mayores cuando uno los exploraba en secreto, cuando abría cajones y levantaba tapas de baúles percibiendo olores como de otra época inexplicable, de las vidas que los adultos tenían cuando no estaban con nosotros, o más extrañamente aún, las que habían tenido antes de que nosotros naciéramos, según atestiguaban fotografías en las que nos costaba reconocerlos, de jóvenes que eran, y en las que a veces encontrábamos también las caras de esos desconocidos que eran los muertos.

En el 'Quijote' siempre es verano. Quizás por eso en el verano se disfruta más de su lectura, a la que yo he vuelto en un día como aquel que eligió el hidalgo para su primera salida

Con todo el peso de su erudición, que no le impide el disfrute gozoso de la literatura, el profesor Rico examina la novela como si estudiara al microscopio la textura de un lienzo

Así empecé a leer el Quijote, igual que leía cualquier cosa, aunque sean los papeles rotos de las calles, como dice Cervantes de sí mismo. La singularidad de su presencia, el enigma parcial de su origen, los graneros y desvanes de la casa campesina en los que me escondía para leer sin que nadie me molestara, formaban parte del atractivo de la lectura. El papel era áspero, amarillo por el paso del tiempo; en la portada había una fecha de edición que se me antojaba lejanísima, Casa Editorial Calleja, 1884. Siempre he asociado el tacto y el olor de aquel libro con el polvo picante que se levantaba de la trilla, con el del trigo recién almacenado en los graneros y la paja amarilla y seca en los pajares. El lenguaje altisonante de Don Quijote me parecía incomprensible, desde luego, pero el tono de la narración, la figura y el habla de Sancho, el vocabulario, los lugares, me resultaban muy cercanos, mucho más que los de los tebeos, las películas o las novelas de la radio, que eran los otros alimentos de mi imaginación. Yo conocía campesinos sentenciosos y rechonchos que iban montados en sus burros como dice Cervantes que iba Sancho, "como un patriarca". Los paisajes tórridos del verano en los que se recalienta la maltrecha armadura de Don Quijote se parecían mucho a los de mi tierra ya casi manchega; la sensación de oasis que da una umbría de álamos y el fresco de un arroyo o de una acequia eran los mismos en las veredas de las huertas por las que yo caminaba y en esas escenas de reposo y conversación que le gustaba tanto describir a Cervantes. Y también era idéntico el amor de los adultos por los refranes y las historias, que se contaban unas veces acompañando los trabajos del campo y otras durante el descanso para la comida, en verano a la sombra fragante de las higueras y los granados, en invierno junto al fuego, mientras llovía afuera y la tierra estaba demasiado embarrada para trabajar en ella.



Pero en el Quijote siempre es verano. Quizás por eso en el verano se disfruta más de su lectura, a la que yo he vuelto en un día como aquel que eligió el hidalgo demente para su primera salida, "que era uno de los calurosos del mes de julio". Leo desde el principio, a conciencia. Empiezo a leer como un experimento, queriendo limpiarme de ideas preconcebidas y de rutinas de lector, dispuesto a aceptar mis reacciones verdaderas ante cada página y cada línea, sin distracción ni reverencia, sin apresuramiento, con la atención y la lentitud necesarias, dispuesto a reconocer el tedio, si es que llega a presentarse, con esa actitud de honradez conmigo mismo sin la cual no hay lectura verdadera. Leería con un cuaderno y un lápiz a mano, si no fuera tan perezoso.



Al cabo de una semana el experimento se ha convertido en una ocupación gozosa que me llena las horas del día, que me mantiene en ese estado de lucidez ligeramente ebria que es también el que nos dan la música o la pintura cuando nos gustan mucho y las grandes caminatas y las buenas conversaciones con amigo del alma. En una época de presentismo atolondrado el Quijote puede parecer una antigualla, o peor todavía, un clásico, un monumento, una estatua a la que nadie se acerca. Pero es la novela más moderna, más original, más experimental que se ha escrito nunca, la más desvergonzada, la más llena de humanidad, de gente, de historias contadas en voz alta, imaginadas, leídas, de peripecias cómicas y reflexiones sobre la literatura, de ordinariez, de sutileza. Como Moby Dick, el Quijote es cada vez mucho más rara de lo que uno recordaba. Los detalles materiales tienen la precisión y el resplandor de los objetos en un cuadro de Caravaggio; pero la historia, el idioma en el que está escrita, se transforman casi en cada página, como si Cervantes hubiera querido abarcar todas las posibilidades de la facultad de contar y todas las hablas que caben en la lengua.



Por uno de esos azares inverosímiles que Cervantes no se tomaría la molestia de justificar me llega en plena lectura un libro de Francisco Rico, El texto del 'Quijote'. Con todo el peso de su erudición, que no le impide el disfrute pleno y gozoso de la literatura, como a tantos expertos, el profesor Rico examina la novela como si estudiara al microscopio la textura de un lienzo, el origen y la calidad de los pigmentos, los minuciosos procesos materiales sin los cuales no existiría una obra maestra. Y al revelar los caminos por los cuales el texto que leemos ha llegado hasta nosotros Francisco Rico nos hace más sensibles aún a la cualidad viva y urgente de la escritura del Quijote: "Un libro manifiesta y deliberadamente abierto, episódico, entreverado de núcleos que tuvieron o pudieron tener una vida previa más o menos independiente y que luego se integraron en un diseño mayor, al que por otro lado se fueron añadiendo todavía diversos complementos no previstos". Lo que Cervantes nos dio fue nada menos que la gran libertad de la novela, dice Rico: "El Quijote no se ha concebido con la trabazón y la linealidad de las obras impresas, sino con la libertad de una plática entre amigos, con los cambios de registro y los zigzagueos que conducen la conversación de un asunto a otro, de la sonrisa a la gravedad, de la noticia seria y la hipérbole a la mentira descarada".

Quién se atrevería a escribir hoy una novela así.


El texto del 'Quijote'. Francisco Rico. Destino. Barcelona, 2006. 568 páginas. 28 euros.

sábado, 7 de agosto de 2010

CAP 2.60 Los muchachos siempre fueron traviesos: también en Barcelona.

                        Dibujo de la entrada de don Quijote en Barcelona, de Gustave Doré

Para El Grupo de Lectura del Quijote, dirigido por el Profesor Pedro Ojeda desde La Acequia


No cesó la actividad en los tres días y tres noches en los cuales don Quijote y Sancho acompañaron a Roque Guinart. Si durante el día “unas veces huían sin saber de quién, y otras esperaban, sin saber a quién”, durante la noche jugaban a dormir de pie (e incluso, a ver quién duraba más a "la patita coja") para no hacerlo profundamente, mudando así el dormitorio telúrico de un lugar a otro. Y es que este tal Roque bandolero no se fiaba ni de la ropa que llevaba puesto

Usando “caminos deshusados, por atajos...”, y veredas de cabras, finalmente Roque y media docena de sus secuaces acompañaron a don Quijote y Sancho hasta la playa de Barcelona. Pudieron comprobar lo “ espaciosísimo y largo, harto más que las lagunas de Ruidera”, que era el charco más grande que, hasta ese momento, ellos habían visto.

Y no fue casual el día de la llegada de nuestros personajes a la playa de Barcelona: la víspera del día de San Juan, en cuya noche, en aquella playa, se celebraba “fiestorro gorro”. Dado que, el otro día mencionado “historiador moderno”, había fastidiado a don Quijote la participación en la Justas de Zaragoza, ahora nuestro jovial hidalgo no estaba dispuesto a consentir que el aragonés anónimo  le privara de pasar una divertida Noche de San Juan (con sus carnes a la parrilla, posterior botellón saltando descalzo sobre las hogueras: que él no se iba a quemar, y si se quemara, estoicamente, no se quejaría)

Deja Roque a nuestra ilustre pareja en manos de un servidor suyo, para que ejerza con ellos (cual Merche: saludos) de guía turístico. El delegado de Roque da la bienvenida a don Quijote, no con los piropos de antaño “flor, nata y espuma...”, sino con otros más modernos e iluminadores “Bien sea venido a nuestra ciudad el espejo, el farol, la estrella y el norte de toda la caballería andante “. Don Quijote agradece al bandolero-guía su ofrecimiento con esta acertada frase: “Si cortesías engendran cortesías, la vuestra, señor caballero, es hija o parienta muy cercana de las del gran Roque” (Cervantes no ahorra halagos hacia Roque Guinart, cuya historia, parece le tiene fascinado).

Se adentran don Quijote y Sancho en Barcelona guiados por el guía mencionado. Es la primera vez que nuestra ilustre pareja pasean por una gran ciudad. Pero como gamberros hay en todas partes, algunos de ellos pusieron unas “aliagas” bajo la cola de Rocinante y el rucio, provocándoles un grandísimo escozor en sus respectivas posaderas. Aquellos pobres animales, que no habían sentido nunca aquel calor infernal en tan blando sitio, empezaron a dar mil saltos, y “corcovos”, hasta que dieron con sus jinetes en el suelo; para risa y disfrute de todos los viandantes.

Continúa Cervantes en la misma línea de humillar y ridiculizar, siempre que se presenta la ocasión, a don Quijote y Sancho. Quiere que El Quijote no sea sólo un libro para ilustrados, sino que el pueblo llano, sin estudios en su completa mayoría, disfrute y ría con sus aventuras y desventuras (sobretodo con las desventuras) a mandíbula batiente: a unos y a otros, a nadie dejaría indiferente.

Nota Revulsiva:

Nada de interés que destacar. Los caracoles ya se acabaron; ahora por lo visto, a estas alturas del estío, les sale un parásito gusano.

domingo, 1 de agosto de 2010

CAP 2.60 Roque Guinart: un sinvergüenza idolatrado

Para darnos cuenta de la repercusión mediática de estos bandoleros, basta con decir que Cervante dedica un par de capítulos a Roque Guinart ( Perot Rocaguinarda). Nuestro querido Quijote lo describe diciendo que ..."llevaba cuatro pistoletes en la cintura, que en esa tierra (Catalunya) llaman pedreñales”.

Era fresca la mañana “y apacible el día...” (Rosalía) en que don Quijote salió de la venta, preguntando antes cuál era el camino más derecho para ir a Barcelona: por llevarle la contraria al “historiador moderno” que profetizó su viaje antes de tiempo-

Varios días cabalgaron aburridos caballero y escudero en busca de la catalana ciudad; que cuando Cide Hamete, “parlanchín” empedernido, cierra el pico es porque no hay nada notorio que contar. Y al sexto, que no al bíblico séptimo, descansaron bajo unos genéricos árboles.

Sancho, como hubo merendado, se quedó “roque” (que no Roque, el de después) al instante; pero don Quijote, que poco o nada había comido, en vez de ponerse a contar ovejas, fijó sus pensamientos en su encantada y malograda Dulcinea: todo por culpa de aquel bellaco que a su lado dormía, “ pues a lo que creía, solos cinco azotes se había dado, número desigual y pequeño para los infinitos que le faltaban”. Con estos razonamientos llegó a la conclusión don Quijote de que, si Sancho no quería azotarse voluntariamente, debería ser él mismo el que zurrara a aquel sujeto pasivo que tenía por escudero: “pues la sustancia está en que los reciba, lleguen por do llegaren”.

Toma don Quijote las riendas de Rocinante para con ellas ruborizar las posaderas de Sancho, pero el escudero es de sueño frágil y despierta cuando su amo los greguescos intentaba bajar. Se entabla entre ellos desigual batalla, con el resultado previsto: de Sancho 1, don Quijote 0; la rodilla del escudero encima de los esmirriados pectorales de su amo. Firman la paz con la condición de que Sancho se azotará cuando le apetezca.

Se retira Sancho a dormir más alejado de su amo, por si le da de nuevo tentación de azotarle.
Pero, en estando Sancho en una arboleda buscando lecho, siente como unas botas y calzas le tocaban en la cabeza. Se asegura de que no son regalos en árboles gigantes de Navidad. Se estremece de miedo, grita a don Quijote, el valeroso,  para que venga a socorrerle (ya ha olvidado que hace un momento le tenía vencido bajo su rodilla). Llega don Quijote, analiza los racimos que cuelgan de aquellos árboles y tranquiliza con las siguientes palabras a su escudero: “No tienes de qué tener miedo, porque estos pies y piernas que tientas y no vees, sin duda son de algunos forajidos y bandoleros que en estos árboles están ahorcados; que por aquí los suele ahorcar la justicia cuando los coge, de veinte en veinte y de treinta en treinta; por donde me doy a entender que debo de estar cerca de Barcelona".

Es costumbre, según don Quijote, encontrar ahorcados por docenas en entrando en tierras catalanas. ¿Se cumple aquí el razonamiento “jesusnazariano” de: “por sus obras -o frutos- los conoceréis”? ¿A qué tipo de fricción responden estas ejecuciones masivas, y por qué es normal y frecuente encontrarlas en aquellas tierras? Sea como fuere, don Quijote ya sabe que está en las estribaciones de Barcelona.

Ensimismados con tan atípico y macabro panorama, nuestra entretenida pareja no se percata de que son rodeados por hasta cuarenta bandoleros, algunos de los cuales inspeccionan a fondo dentro de las alforjas y la maleta de Sancho con cuentas de aligerar su peso. Así como “escardarle” y mirarle hasta lo que subcutáneamente esconde..

En esto que llega el “masca” de la tribu, un tal Roque Guinart, joven de unos 34 años.Tío serio, fuerte y de tez morena. Manda a sus subordinados que dejen de incordiar a nuestros amigos. Don Quijote le reconoce y le adula: “No es mi tristeza -respondió don Quijote- haber caído en tu poder, ¡oh valeroso Roque, cuya fama no hay límites en la tierra que la encierren!".

Mientras platica Roque con don Quijote se acerca formando un gran tropel un jinete, que resulta ser “jineta”, o moza disfrazada de mancebo, la cual viene a pedir ayuda a Roque ya que, armada hasta los dientes -cuchillos, puñales, escopetas y pistolas- fue a un supuesto resarcimiento de su honra, matando a un joven de varios disparos. Por este motivo pide a Roque que la acompañe a huir a Francia y luego proteja a su padre de una posible venganza por parte de la familia de la víctima.

Don Quijote, que ve la oportunidad de adjudicarse un triunfo por socorrer a una menesterosa moza, comunica a la chica que él la ayudará. Sancho da fe de que su amo es especialista en recomponer matrimonios. Pero es Roque el que acompaña a la moza en esta misión. Don Quijote queda al margen, de rueda de repuesto; y no es necesaria su participación pues Roque es un bandolero muy especial: socorre, como don Quijote, a las viudas y menesterosas en general; roba, pero reparte también entre los robados parte del botín, agradeciendo ellos el noble gesto de no robarles del todo.

No sé los motivos por los que Cervantes adula a este generoso bandolero. Es posible que todo esté enfocado desde una perspectiva irónica, pero un revulsivo servidor no lo pilla.

Revulsiva Nota:


                     Playa desde la cual el profesor P.O.E. coordina los comentarios Quijotescos

Este comentario pertenece a la Red de Comentarios Quijotescos, que desde su blog La Acequia, coordina el profesor Pedro Ojeda Escudero

sábado, 24 de julio de 2010

EL ARCABUZAZO: EL QUIJOTE DE AVELLANEDA


Escribí en La Acequia:
Antonio Aguilera dijo...

Avellaneda, e incluso algunos ilustres literatos y estudiosos en general -Ojeda dixit en alguna ocasión-, no alcanzan a comprender la profundidad de la Primera Parte del Quijote. De esta forma, el plagiario continuador, se limita a mostrar sólo la faceta de loco de don Quijote; sin darse cuenta que todos los caracteres de los habitantes de la España del XVII estan recogidos en la citada Primera Parte. Don Quijote es un conglomerado de personalidades y sabidurías: por ello es, casi siempre, el perfecto alter ego de Cervantes; quien ha viajado y leído mucho, y por eso mismo sabe mucho (más o menos, escribió él).


Gracias a la recomendación de Abejita de la Vega, compré el libro de Manuel Fernández Álvarez “Cervantes visto por un historiador”. Observo cómo Abejita, en la vista de perfil de su blog, destaca como sus libros favoritos todos los de Fernández Álvarez, además de los de Delibes y otros. Esta laboriosa Abejita sabe dónde están las flores-libros de más calidad para elaborar la mejor miel, que son las entradas sobre El Quijote en su blog: gracias Abejita

Como las canículas y el laboro me tienen la neurona bloqueada (sí, creo que sólo me queda una), me voy a limitar –después de haber leído y escuchado en mp3 un par de veces el capítulo- a copiar del libro de Fernández Álvarez lo que me dé tiempo hasta que mi Mildred me reclame a su lado (me daré prisa porque es la 20:49 ahora “mesmo”). He buscado por Internete este libro para copiar y pegar pero no está disponible en gratis.

“A finales del verano de 1614 ó principios del otoño de aquel año, Cervantes tiene ya muy avanzado su libro. Ha escrito ya 58 capítulos, seis más de los que había parido en la primera parte, de forma que en cualquier momento podía preparar su final.

Y de pronto recibe en pleno rostro el gran arcabuzazo: alguien que se hacía llamar Alonso Fernández de Avellaneda se le había adelantado, publicando a su gusto otro Don Quijote.

…que contiene su tercera salida y es la quinta parte de sus aventuras

Un arcabuzazo que Cervantes sintió terriblemente. Además del robo de su idea, del que se jactaría en el Prólogo de la obra, su autor ofendía sin pudor alguno a Cervantes.

Habían pasado diez años desde la aparición de la Primera Parte. Demasiado tiempo. ¿Acaso Cervantes había abandonado su promesa de sacar la segunda? ¿No ocurriría como con su Galatea? Se le veía entretenido en publicar novelas cortas, comedias y entremeses.

¡Qué ocasión para un desaprensivo! Y el tal de Avellaneda, o el que firmaba con ese nombre, decide aprovechar el gran filón.

                                                                                     CONTINUARÁ......

Para el Grupo de Lectura del Quijote coordinado por el Profesor Pedro Ojeda Escudero desde La Acequia

domingo, 11 de julio de 2010

Imagen para el relato de Teresa Arroyo "Bipolar": Ego te absolvo

El blog de El Espolón no quiere publicar imágenes. Para leer el texto de Bipolar  clik aquí

Visiten el blog de Carlos Hugo Becerra, autor de la imagen que nos acompaña: http://carloshugobecerra.blogspot.com/

sábado, 10 de julio de 2010

Cap. 2. 57 DESPEDIDA DEL CASTILLO DE LOS DUQUES Y..., “A LA RECHERCHE DE LA LIGÁ PERDU”.

Tal vez las ligas de Altisidora fueran de encajes como la que se muestra en la imagen. Sancho dijo
a mí que me registren que las ligas no las tengo.


CAP 2.57

Con la venia de los duques, se encontraba don Quijote en la plaza del castillo, armado y acompañado de Sancho, presto a fatigar el camino a Zaragoza. Pero se torció un tanto la despedida por la aparición de la desvergonzada y atrevida Altisidora.

La doncella acusa a don Quijote, no sólo de hurtarle mil suspiros, sino además también de robarle tres tocadores y unas ligas. Faltó el canto de un pelo para que entrara don Quijote en combate con el duque; retado por éste, y acusado de latrocinio de las prendas menores de la doncella Altisidora. Don Quijote dijo al duque que de ninguna manera aceptaría el reto, él le debía agradecimiento eterno por todas las mercedes recibidas durante su estancia en el castillo.

Preguntado Sancho por don Quijote que si algo sabía de aquella pérdida de trapillos, tuvo que admitir el escudero que los tocadores de dormir se había apropiado indebidamente de ellos, porque el cauce normal para obtenerlos hubiese sido haberlos pedido cortésmente a la doncella, argumentándole que los necesitaba para recogerse el pelo a la hora de dormir, pues en todas las semanas que llevaba bajo el techo de los duques no había acudido al peluquero; y aquello ya no eran pelos sino greñas al estilo hippy. Ahora, de las ligas,  sí es verdad que él no sabe nada, que aunque greñudo, muy seguro de su virilidad, ni se le había pasado nunca por la cabeza convertirse en Drag Queen.

Altisidora, de magnánimo nombre,  pero despechada por amor -según su falsa representación-, enhebra una serie de insultos hacia don Quijote en un inesperado romance que recita de memoria delante de todos los circunstantes. Hasta la duquesa quedó boquiabierta de lo atrevida y lenguaraz de su doncella. Entre otras lindezas Altisidora acusa a don Quijote de rehuirla como a una serpiente fiera, ella que es corderilla y está lejos de ser oveja (o sea, tierna para hincarle el diente). En una estrofa muy graciosa y conseguida lo acusa del hurto antes mencionado: “Llévaste tres tocadores/ y unas ligas de unas piernas/ que al mármol puro se igualan/ en lisas, blancas y negras”. Finalmente le espeta unos esputos linguísticos en este romance, unas maldiciones que no se le desean ni al peor enemigo: como que nunca se produzca el desencanto de Dulcinea; que sus aventuras en desventuras se vuelvan; que pierda en el juego de naipes; y, finalmente, que padeciera varios sufrimientos físicos si al callista o dentista visitara, el uno que le apurase el callo hasta sangrar; el sacamuelas que le dejara los raigones sin extraer.

Para concluir, y no para rebajar precisamente el tono de la burla, Altisidora reconoce que se ha precipitado en la acusación del robo de las ligas, y que se acaba de percatar de que las tiene puestas (no sé por qué esta expresión crea una imagen mental en el lector masculino, en torno al blancor de las piernas portaligas, y sobre la altura en las que pudieran estar insertadas. Y es que este Cervantes después de todo es un viejo verde: la mente nunca se jubila).

Arreglado y esclarecido el asunto de las prendas accesorias, saluda don Quijote, bajando la cabeza, a los duques y circunstantes, seguido de Sancho, y toma el camino de Zaragoza.

Para el grupo de lectura del Quijote en La Acequia

sábado, 3 de julio de 2010

CAP 2.56 TOSILOS ENAMORADO

Repito esta imagen, fruto del ingeno de Ojito Saltón (cuando él finalice la web de Pricampo, le pediré que nos obsequie con algún collage...picantillo...) y que publiqué en fechas estivales. Pedro no necesita presentación (nótense las horas de gimnasio); Abejita, haciendo honor a su nombre, siempre enriqueciéndo su panal mental; Selma, a quien echamos mucho de menos y la siempre joven  maciza jubilata Merche Pallarés. El de la bacía y el sombrero creo que les sonará sus caras.

No le sirvieron de nada a don Quijote los entrenamientos previos y las horas de gimnasio para ponerse “cachas”, por el inminente duelo para cambio de estado civil, que iba a mantener con el usurpador de la honra de la hija de La Rodri. Ya nos advierte desde un principio, el verdadero autor de esta obra, de que algo inusual, atípico y fuera de toda lógica iba a suceder en el trascurso de la acción: de una descomunal batalla que no se celebrará por repentino enamoramiento.

Como ya vimos en el cap. de marras, el usurpador original de “la cosa” de la niña de La Rodri huyó a acompañar (o, a lo mejor, a cantar) flamenco-s; flamenco que era el “gachó”, como guerra y lata dieron los de Flandes. Más la identidad de este usurpador fue usurpada para poder enfrentarse con don Quijote por el Grande Lacayo Tosilos: designado directamente para tal empresa por los duques, que por nada del mundo se querían perder un duelo en el que participara el hidalgo manchego. Burlas y bufonadas de circo; humillaciones, distracciones y entretenimientos varios, a costa de nuestro caballero y escudero respectivo, no le faltaron a los duques:¡ qué aburrida será la vida en el castillo ducal cuando nuestra pareja falte!.

Previo a la salida al campo de batalla de los contendientes, los duques habían dado algunas instrucciones a su Gran Lacayo Tosilos, referente a los modos en los que debía embestir a don Quijote. Los duques no querían un gran derrame de sangre, todo lo más unos rasguños y magulladuras al más puro estilo gatuno, tal como ya recibiera don Quijote en días pasados.

Llega la hora de la verdad. Por una parte del campo aparece el Grande Lacayo Tosilos montado en un también grande caballo frisón que rondaba la tonelada de peso (qué manantial de chuletas para aquellos tiempos...e, incluso, para los de ahora). Tenía el frisón del Tosilos una arroba de lana en los bajos de cada extremidad, lo que dejaba dudas en cuanto si sería dañino en caso de ser embestido por ellas, o provocaría al sujeto pasivo una muerte tierna y algodonada.

En el otro extremo del campo estaba situado don Quijote; quien, una vez encomendado a su señora Dulcinea y a la madre que la parió (o, al dios que la creó) se lanzó a la carrera en busca del Tosilos; pero éste se había quedado inmóvil, prendado de la hermosura de la niña de La Rodri. Flechazo en el acto (bueno, antes del “acto”). Ahora él lucharía para casarse con ella, no para rechazarla; por lo que dice: “alto parao”, deténgase el duelo. Llama a voces al maese de campo y le comunica que se da por vencido. Cupido había hecho estragos en su corazón al ver la moza, ahora necesitaba masajes cardíacos de ella.

Al duque no le gustó el repentino cambio de opinión del lacayo, pues él lo que buscaba era diversión, no ver cómo nace un romance. Tampoco fue del agrado de don Quijote aquella decisión pro-apareamiento: con la de horas que había dedicado al gimnasio…, como para que ahora sólo pueda ser útil como testigo de boda.

La Rodri y su niña, al principio, se sintieron estafadas, al no reconocer en aquel lacayo al "flamenquín",  pero luego pensaron: “más vale pájaro en mano que ciento volando” y, “pájaro que vuela a la cazuela”; aquel Tosilos quizás no hiciese mal caldo. Lo chungo en aquel tiempo era “quedarse compuesta y sin novio” o “quedarse para vestir santos”.

Cervantes nos retrata la triste realidad de las chicas “desfloreadas” por algún chico, a las que luego no se acercaba ningún (o, ¿ninguno?) otro, por culpa de la maledicencia de la sociedad. No hace tantos años que aún se pensaba así en España. Algunos, incluso, las reservaban desde preadolescentes con tal de asegurarse el “desfloramiento original”.

Revulsiva nota:
Este comentario pertenece a la Red de Comentarios Quijotescos que desde su blog La Acequia dirige el ahora más descansado profesor  Pedro Ojeda Escudero.
Se le agradece al autor de esta Verdadera Historia el que nos haya ofrecido esta semana un capítulo cortito: "la caló" dificulta la concentración, aunque esta tarde de sábado (sabadete, camisa y etc para el que pueda), ahora son las 8 de la tarde,  se ha levantado una brisilla más fresca que estos días atrás.

Tomaré de nuevo unos caracolillos con varias Buckler fresquitas a vuestra salud.

Felices vacaciones, en playa o donde les apetezca, a los docentes y alumnos  (los autónomos vamos a seguir como estábamos: la humedad, la del sudor y la de la ducha, que ahora funciona más)

Saludos

ÑIÑA QUE HABLÓ ANTE LA O.N.U.