A cuyas voces salió Teresa Panza, su madre, hilando un copo de estopa, con una saya parda. Parecía, según era de corta, que se la habían cortado por vergonzoso lugar, con un corpezuelo asimismo pardo y una camisa de pechos
(Busqué una más parecida a Teresa Panza pero no la encontré: espero que ésta no os desagrade, sobre todo a los chicos)
En este capítulo nos cuenta Cide Hamete Benegeli (el morillo ese que Cervantes convierte en su alter ego), el porqué de los arañazos y pellizcos perpetrados contra la dueña Rodríguez y don Quijote. Sucedió que, como la dueña Rodríguez (en adelante “la Rodri”) no dormía sola, sino acompañada de otra dueña (el Benengeli no nos ofrece datos sobre el posible lesbianismo de estas dueñas), la cual al echar de menos el calor de la Rodri, corrió el castillo de los duques hasta encontrar a su compañera de batallas en el aposento de don Quijote. “Apalancó” la presunta traicionada su oreja contra la puerta de don Quijote para intentar escuchar lo que allí dentro “se cocía”. ¡Y vaya si escuchó!: a la Rodri “rajando” de su jefa la duquesa y de Altisidora, Corrió la tal dueña a informar a la duquesa de los trapicheos que la Rodri se traía con don Quijote y, tras el oportuno permiso del duque, formaron una banda para dar singular escarmiento a los noctámbulos y, tal vez, adúlteros (o adúltera Rodri) murmuradores: “porque las afrentas que van derechas contra la hermosura y presunción de las mujeres, despierta en ellas en gran manera la ira y enciende el deseo de vengarse”.
La duquesa ordenó a un paje “discreto y agudo” que viajara para entregar a Teresa Panza una carta y un regalo.
Viajó raudo y veloz el paje hasta “un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme” donde lo primero que encontró fue un arroyuelo de cristalinas aguas (pues en aquel tiempo no existía aún el lavavajillas ni el detergente para lavadoras) en el cual se encontraba una troupe de féminas haciendo la colada. Preguntó el paje por Teresa Panza, a lo que contestó una desgreñada mocita que esa era su madre. Pues llévame ante ella, que albricias de tu padre os traigo -añadió el paje-.
“Finalmente, saltando, corriendo y brincando, llegó al pueblo la muchacha”, llamó con grandes voces a su madre diciéndole que su padre les mandaba cartas y otros regalos.
Salió su madre Teresa (que por las “pintas”, no podía ser la de Calcuta) vistiendo una saya parda “parecía según era de corta, que se la habían cortado por vergonzoso lugar, con un corpezuelo asimismo pardo y una camisa de pechos” (que parecía hubiese ejercido en la esquina del vicio: este día tenía Cervantes la líbido subida)
Inicia el paje la burla a Teresa Sancha poniéndose de hinojos ante ella, pidiéndole la mano para besar y llamándola señora gobernadora. La Panza le replica que se levante, que ella no es nada palaciega, sino hija y mujer de sendos destripaterrones. Entrega el criado el producto postal y una sarta de corales con extremos de oro a la señora Panza. Estos corales, una vez que son vistos por Sanchica, se convierten en fruto de disputa entre ella y su madre: porque la hija reclama lo que era propiedad de su padre y la madre se resiste a compartir lo que aún sus poco más de cuarenta años pueden lucir.
Pide Teresa al paje que le lea la carta que le remite la duquesa. En ella, la grande de España, la informa de las maravillas que Sancho, su marido, hace gobernando la Ínsula Barataria. Sancho, gobernador ejemplar. Aparte de relatarle las cualidades de su esposo para la gobernabilidad, le pide la duquesa a Teresa que le mande con el paje un par de docenas de las más lustrosas bellotas que por aquellos encinares encuentre. Corales versus bellotas, buen trato el que se presenta a la señora Panza; no lo duda un momento. Y de la noche a la mañana se ve elevada a la categoría de gobernadora consorte. Las “relamidas y remilgadas” hidalgas del pueblo ahora sí que le van a tener envidia.
Las Panza le preparan al paje emisario unos huevos “empedrados” con tocino para que no desfallezca en el camino de vuelta hacia Aragón. Le hacen entrega de sendas cartas que un monaguillo les ha escrito para Sancho y la señora duquesa.
Nota Revulsiva:
Este comentario pertenece a la Red de Comentarios Quijotescos que desde su blog La Acequia coordina nuestro Ardiente profesor Pedro Ojeda Escudero
sábado, 22 de mayo de 2010
sábado, 15 de mayo de 2010
LA DEBILIDAD DE SANCHO: LA YERNOCRACIA
“El programa de gobierno de Sancho, llevado a la práctica en el poco tiempo que lo dejaron regir la ínsula, es de suave y paternal autoridad, con propósitos de favorecer a los labradores, premiar a los virtuosos y antes expulsar a los perezosos y vagabundos.
El capítulo 2.49 nos muestra una debilidad de Sancho como gobernador, cuando en la ronda nocturna descubre al buen mozo adolescente, hijo del rico propietario Diego de la Llana, y en el acto se le ocurre casarlo con Sanchica, esperanzado en que, por ser ésta hija del gobernador, no opondrá reparo el acaudalado y apetecido consuegro. Sería injusticia y desde luego exageración de prejuicio antidemocrático, descubrir en ese proyecto de ventaja eventual un signo de villanía, por donde asomó en Sancho la oreja de su plebeyez. Respondió sencillamente al impulso de la “yernocracia”, voz por cierto decorosa y de formación correcta, que sin embargo, y no obstante ser tan usada desde hace tiempo, ha seguido fuera del “Diccionario” (Alcalá-Zamora escribió esto en 1947, y yo he ido al DRAE ahora mismo y sigue sin salir “yernocracia”). Tal flaqueza es humana, muy característica de los gobernantes, y no tan sólo de los españoles, y quizá más todavía lo ha sido en todos los tiempos de príncipes y soberanos, a tal punto que sin ese toque feliz no habría quedado completo el retrato de Sancho gobernador.
Las más grandes figuras de la historia no pudieron sustraerse a esa debilidad de la “yernocracia”, aunque muchas acabaran luego creyendo que el mejor yerno habría sido el celibato de la hija.”
Fragmentos de: “El pensamiento de El Quijote visto por un abogado” por Niceto Alcalá-Zamora. Para ver los contenidos del libro CLIK AQUÍ
Nota Revulsiva:
Copio los fragmentos que anteceden, escritos en su exilio argentino por mi paisano Niceto Alcalá.Zamora y Torres, publicado en Buenos Aires en 1947; dos años después moriría el Primer Presidente de la II República Española (para cuándo la III?).
Ni practicando la "yernocracia" (un hijo del malnacido -que le dió mucho café a Lorca- general Queipo de Llano fue yerno suyo) pudo Alcalá-Zamora librarse del exilio
Nt. Rv. (2):
Este revulsivo seguidor de la Red de Comentarios Quijotescos, que dirige desde su blog La Acequia el profesor Pedro Ojeda Escudero, tiene unas disculpas que pedir:
he leído y "maurao" el cap 2.49, el comentario de Maese Pedro en La Acequia, y varios de los comentarios del resto de compañeros que participan en esta locura-lectura quijotesca. He buscado y encontrado información complementaria relacionada con el capítulo...,.pero tengo tantas cosas en la cabeza que no me puedo concentrar en escribir un comentario medio decente sobre el cap.
Es por ello por lo que pido disculpas a todos los pasáis por aquí. Leo -a hurtadillas- vuestras colaboraciones, pero me es muy difícil concentrarme y opinar. De verdad que me duele no poder demostraros mi entusiasmo con vuestros escritos; algunos sabéis cómo me gusta sacarle todo el "zumo" a las actividades donde participo, entregarme.
Ahora debo de dedicar muchas más horas y kilómetros a mi trabajo (cosas de las crisis que algunos negaban), he tenido que aumentar el catálogo con nuevos productos que necesitan más dedicación (sobre todo constancia y "oratoria") etc; en fin, no quiero aburriros con asuntos que aquí, "ni pegan".
AH!!, olvidaba decir que, como ahora dispongo de tanto tiempo libre, El Espolón en vez de salir con 16 páginas, lo hará con 28: era difícil descartar colaboraciones, creo que son todas muy buenas (no me refiero a la mía, claro). Mañana Domingo debo madrugar para escribir el Saludo al Nº 6 de la revista "probe". Para madar al fotocopista la semana que viene.
Salud amigos, que es lo importante.
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Niceto Alcalá-Zamora,
QUIJOTE 2ª PARTE
domingo, 9 de mayo de 2010
Comentario al cap. 2.48 de don Quijote
Don Quijote malferido con la dueña doña Rodríguez: grabado de Gustave Doré
Con leer las dos primeras frases de este capítulo, ya nos hacemos una idea de que a Cervantes, el día que lo escribió, no le dolían los huesos, y aún menos las muelas. Porque cuando se tiene alguna dolencia se pierde el buen humor y no se tienen ganas de bromas y “cachondeo”.
Opinen ustedes si don Cervantes estaba sano y de buen humor ese día, o no: “Además estaba mohíno y malencólico el malferido don Quijote, vendado el rostro y señalado, no por la mano de Dios, sino por las uñas de un gato; desdichas anejas a la andante caballería” (en el día a día, muchos somos los que nos vemos asaltados por ¡tantas desdichas anejas a nuestra particular “andante caballería”!: hasta la muerte se cruzará algún día en nuestro camino).
Media docena de días estuvo nuestro don Quijote sin lucir palmito en sociedad, hasta que se vio algo decente para ponerse delante de los duques; ¡maldito felino destripanarices! que le había ocasionado semejante estropicio. Pues una de las noches de esos seis días en que estuvo nuestro caballero convaleciente, se encontraba en vela pero sin vela, dándole vueltas a sus pensamientos hasta que los dejaba romos y sin lugar por donde asirlos.
De repente escuchó que alguien trasteaba la cerradura de su aposento, e imaginó que sería de nuevo la “Lolita” Altisidora que, como se derretía por sus compactos aunque luengos huesos, venía a ponerle en tentación de probar el tierno bocado que le llevaría derecho a la perdición (aunque al resto de varones les supiese a gloria).
-“¡No!” gritó aterrado don Quijote, decidiéndose mentalmente por su Dulcinea frente a una hipotética Altisidora.
Pero el grito de la que allí entró no fue menos terrorífico…
-“¡Jesús! ¡Qué es lo que veo?”
…al descubrir a don Quijote envuelto, cual fantasma, en una sábana, con un estrafalario gorro en la cabeza y el rostro vendado por los rasguños y brutal mordisco en la nariz del felino que osó (o mejor, gatuneó) hacer frente a nuestro insigne caballero andante
Resultó no ser la joven Altisidora, sino la vieja dueña doña Rodríguez que a tratar un negocio (a tomarle el pelo con una nueva farsa) con don Quijote venía.
Al reconocerse mutuamente hidalgo y dueña, desconfiaron uno del otro, por ser noche cerrada y hallarse en habitáculo donde no sólo se ejerce la función de “planchar la oreja”, sino que a veces, y por imperativo de la madre naturaleza, se le da rienda suelta a los mecanismos que desencadenan, al cabo de nueve meses, en un nuevo ser.
Y, para determinar el grado de unas y otras intenciones, se hablaron de la siguiente manera:
-¿Estamos seguras, señor caballero? Porque no tengo a muy honesta señal haberse vuesa merced levantado de su lecho.
-Eso mesmo es bien que yo pregunte, señora -respondió don Quijote-; y así, pregunto si estaré yo seguro de ser acometido y forzado.
-¿De quién o a quién pedís, señor caballero, esa seguridad? -respondió la dueña.
-A vos y de vos la pido -replicó don Quijote-, porque ni yo soy de mármol ni vos de bronce, ni ahora son las diez del día, sino media noche, y aun un poco más, según imagino, y en una estancia más cerrada y secreta que lo debió de ser la cueva donde el traidor y atrevido Eneas gozó a la hermosa y piadosa Dido.
Finalmente, quedaron ambos tranquilos por la ausencia de agresividad en sus intenciones.
La dueña doña Rodríguez explicó a don Quijote el motivo de su visita (aunque no le dijo que venía a reírse a su costa, claro), que no era otro que pedirle justicia para una hija suya de dieciséis años (Cervantes flipa por estas jovencitas) la cual, había sido agraviada por un joven y rico labrador. Porque habiéndole prometido matrimonio a la mozuela, creándole falsas expectativas, luego faltó a la palabra y promesa dada. ¿Y quién mejor que don Quijote para “desfacer” entuertos y socorrer a las menesterosas jovenzuelas o viudas? Siendo éste el slogan de los caballeros andantes, había acudido a la persona adecuada.
Estando ambos ocupados en las pláticas referidas, irrumpieron violentamente en la estancia una banda de maltratadores, los cuales sujetando por el cuello a la dueña doña Rodríguez le levantaron las enaguas y arrearon en sus posaderas una tunda de azotes, que don Quijote escuchó pero no vio porque la vela que les iluminaba cayó al suelo y se apagó. Tampoco se atrevía don Quijote a interrumpir el azotamiento, no fuera a ser que se convirtiera en candidato seguro del instrumento de suplicio. En callando el látigo se hizo algo de silencio; pero no la acción, porque los maleantes se dirigieron hacia don Quijote y, despojándole del “sabanajo” que le cubría, dieron en sus pocas carnes tal cantidad de pellizcos que de su nuevo color no tendría una mora madura ninguna envidia.
Con la escena de los pellizcos acaba este capítulo. Capítulo, como casi todos desde que don Quijote y Sancho se encuentran en la casa de los duques, en los que Cervantes nos crea los textos perfectos para que los lectores soñemos las imágenes que a una completa representación teatral pudieran corresponder. Esto es, teatro dentro de la novela, el único hueco que Lope, tan de moda en aquellos tiempos, deja a Cervantes para desarrollar este género, pero buen partido que le saca el complutense y cosmopolita escritor.
REVULSIVA NOTA:
Este comentario pertenece a la Red de Comentarios Quijotescos que desde su blog La Acequia nos dirige el metafisico profesor Pedro Ojeda Escudero
Con leer las dos primeras frases de este capítulo, ya nos hacemos una idea de que a Cervantes, el día que lo escribió, no le dolían los huesos, y aún menos las muelas. Porque cuando se tiene alguna dolencia se pierde el buen humor y no se tienen ganas de bromas y “cachondeo”.
Opinen ustedes si don Cervantes estaba sano y de buen humor ese día, o no: “Además estaba mohíno y malencólico el malferido don Quijote, vendado el rostro y señalado, no por la mano de Dios, sino por las uñas de un gato; desdichas anejas a la andante caballería” (en el día a día, muchos somos los que nos vemos asaltados por ¡tantas desdichas anejas a nuestra particular “andante caballería”!: hasta la muerte se cruzará algún día en nuestro camino).
Media docena de días estuvo nuestro don Quijote sin lucir palmito en sociedad, hasta que se vio algo decente para ponerse delante de los duques; ¡maldito felino destripanarices! que le había ocasionado semejante estropicio. Pues una de las noches de esos seis días en que estuvo nuestro caballero convaleciente, se encontraba en vela pero sin vela, dándole vueltas a sus pensamientos hasta que los dejaba romos y sin lugar por donde asirlos.
De repente escuchó que alguien trasteaba la cerradura de su aposento, e imaginó que sería de nuevo la “Lolita” Altisidora que, como se derretía por sus compactos aunque luengos huesos, venía a ponerle en tentación de probar el tierno bocado que le llevaría derecho a la perdición (aunque al resto de varones les supiese a gloria).
-“¡No!” gritó aterrado don Quijote, decidiéndose mentalmente por su Dulcinea frente a una hipotética Altisidora.
Pero el grito de la que allí entró no fue menos terrorífico…
-“¡Jesús! ¡Qué es lo que veo?”
…al descubrir a don Quijote envuelto, cual fantasma, en una sábana, con un estrafalario gorro en la cabeza y el rostro vendado por los rasguños y brutal mordisco en la nariz del felino que osó (o mejor, gatuneó) hacer frente a nuestro insigne caballero andante
Resultó no ser la joven Altisidora, sino la vieja dueña doña Rodríguez que a tratar un negocio (a tomarle el pelo con una nueva farsa) con don Quijote venía.
Al reconocerse mutuamente hidalgo y dueña, desconfiaron uno del otro, por ser noche cerrada y hallarse en habitáculo donde no sólo se ejerce la función de “planchar la oreja”, sino que a veces, y por imperativo de la madre naturaleza, se le da rienda suelta a los mecanismos que desencadenan, al cabo de nueve meses, en un nuevo ser.
Y, para determinar el grado de unas y otras intenciones, se hablaron de la siguiente manera:
-¿Estamos seguras, señor caballero? Porque no tengo a muy honesta señal haberse vuesa merced levantado de su lecho.
-Eso mesmo es bien que yo pregunte, señora -respondió don Quijote-; y así, pregunto si estaré yo seguro de ser acometido y forzado.
-¿De quién o a quién pedís, señor caballero, esa seguridad? -respondió la dueña.
-A vos y de vos la pido -replicó don Quijote-, porque ni yo soy de mármol ni vos de bronce, ni ahora son las diez del día, sino media noche, y aun un poco más, según imagino, y en una estancia más cerrada y secreta que lo debió de ser la cueva donde el traidor y atrevido Eneas gozó a la hermosa y piadosa Dido.
Finalmente, quedaron ambos tranquilos por la ausencia de agresividad en sus intenciones.
La dueña doña Rodríguez explicó a don Quijote el motivo de su visita (aunque no le dijo que venía a reírse a su costa, claro), que no era otro que pedirle justicia para una hija suya de dieciséis años (Cervantes flipa por estas jovencitas) la cual, había sido agraviada por un joven y rico labrador. Porque habiéndole prometido matrimonio a la mozuela, creándole falsas expectativas, luego faltó a la palabra y promesa dada. ¿Y quién mejor que don Quijote para “desfacer” entuertos y socorrer a las menesterosas jovenzuelas o viudas? Siendo éste el slogan de los caballeros andantes, había acudido a la persona adecuada.
Estando ambos ocupados en las pláticas referidas, irrumpieron violentamente en la estancia una banda de maltratadores, los cuales sujetando por el cuello a la dueña doña Rodríguez le levantaron las enaguas y arrearon en sus posaderas una tunda de azotes, que don Quijote escuchó pero no vio porque la vela que les iluminaba cayó al suelo y se apagó. Tampoco se atrevía don Quijote a interrumpir el azotamiento, no fuera a ser que se convirtiera en candidato seguro del instrumento de suplicio. En callando el látigo se hizo algo de silencio; pero no la acción, porque los maleantes se dirigieron hacia don Quijote y, despojándole del “sabanajo” que le cubría, dieron en sus pocas carnes tal cantidad de pellizcos que de su nuevo color no tendría una mora madura ninguna envidia.
Con la escena de los pellizcos acaba este capítulo. Capítulo, como casi todos desde que don Quijote y Sancho se encuentran en la casa de los duques, en los que Cervantes nos crea los textos perfectos para que los lectores soñemos las imágenes que a una completa representación teatral pudieran corresponder. Esto es, teatro dentro de la novela, el único hueco que Lope, tan de moda en aquellos tiempos, deja a Cervantes para desarrollar este género, pero buen partido que le saca el complutense y cosmopolita escritor.
REVULSIVA NOTA:
Este comentario pertenece a la Red de Comentarios Quijotescos que desde su blog La Acequia nos dirige el metafisico profesor Pedro Ojeda Escudero
jueves, 29 de abril de 2010
Visiones del Quijote: Por Francisco Navarro Ledesma
CÓMO SE HIZO EL QUIJOTE
Don Quijote entra en su casa, cae malo, vuelve a la razón, muere. Una imponderable y grandísima pena inunda nuestro ánimo. LLoramos la muerte de Don Quijote y el renacer de Alonso Quijano el bueno. Nos apesadumbra, no tanto el que Don Quijote muera, como el que muera convencido de que antes había estado loco.
Nos parece un nuevo engaño su desengaño, una nueva ilusión la pérdida de todas sus ilusiones: y viéndole morir y oyendo sus palabras, a las que ningunas otras igualan en grandeza y sencillez, a no ser las del Evangelio (Nota obvia y revulsiva: el hecho de que yo copie esta comparación no siginifica que la comparta), pensamos todos en nuestra muerte y recorremos nuestra vida y reconocemos nuestro error, y tememos que aún nos queden nuevos retoños de ilusiones en el alma, los cuales, con acerbo dolor nuestro, han de ser arrancados o destruidos. A este íntimo arrancamiento de todo nuestro ser que la muerte de Don Quijote nos causa, no ha llegado ningún otro escritor conocido. Aquí Homero cede, calla Dante, Goethe se esconde avergonzado en su clásico egoismo. Sölo Shakespeare puede mirar con ojos serenos esta gloria superior a las demás humanas, porque sólo él, como Cervantes, supo convertir una lágrima en sonrisa y una sonrisa en carcajada, al final, y trocar la carcajada en sonrisa y hacer que la sonrisa vuelva a ser sollozo.
Y Cervantes, luego que tal hizo, como Dios, vio que era bueno.
De la conferencia pronunciada en el Ateneo de madrid , abril, 1905, por Francisco Navarro Ledesma
Nota Revulsiva (y ya, casi "cansina"):
Tenía el texto que precede a estas palabras escrito de hace un tiempo, y como ahora "ando como ando", aprovecho para publicarlo. Con ello pretendo no olvidar del todo al Quijote.
Pues la verdad es que sí, que ando algo agobiadillo, y me sabe mal tener tanta faena atrasada; no sólo ya las visitas a los blogs de los colegas, sino incluso varios email sin contestar. Quien me lea, que me tenga un poco de paciencia.
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FILOQUIJOTIMIA,
Visiones del Quijote
domingo, 18 de abril de 2010
FRACASAR MEJOR (III)
Aviso preliminar: El teclado desde el que estoy escribiendo carece de tildes. Por suerte en nuestra lengua castellana casi todas las palabras son llanas y a la mayoria de ellas no se les pone tilde (de todas las palabras que he escrito creo que solamente a una le falta la tilde; y he puesto solamente porque si llego a poner solo..."la pringo").
A esto de fracasar (lease no poder cumplir con los compromisos) le he cogido el gustillo, y esta ya me hace la tercera entrada.
Uno, que es torpe para asimilar conceptos, cuando se pone en una cosa no puede estar en otra.
Me explico: el tiempo que dispongo a la semana para "culturizarme" (o sea, leer, escribir, visitar blogs de colegas) es aproximadamente de unas 10 a 12 horas, la mayoria en sabado tarde y domingo.
Desde que estoy inmerso en la lectura colectiva del Quijote, de lo que hara alrededor de unas 70 semanas, por los capitulos trascurridos desde que me enganche a dicha lectura, practicamente mi vida "intelectual" (que bien suena) se ha limitado a este tema. Aparte he leido algunos librillos, pero pocos.
Ahora, yo y mis colegas del Espolon, tenemos que ponernos mano a la obra y sacar el siguiente numero; que bien retrasados que vamos ya.
Me pongo al dia con El Quijote todo lo pronto que pueda
sábado, 10 de abril de 2010
COMENTARIO AL CAP. 2.44 DE DON QUIJOTE
"Basándome en estas ideas, no creo equivocarme mucho conjeturando que la inquina de Nabokov contra Cervantes proviene de una para él dolorosa certeza: la de que don Miguel se le adelantó en vislumbrar el gran tema de las relaciones de un hombre maduro con una nínfula. Aunque lo resolviese haciendo batirse en retirada a su caballero". (Ricardo Bada)
Este comentario pertenece a la Red de Comentarios Quijotescos que desde su blog La Acequia
dirige el que busca en el subsuelo Profesor Pedro Ojeda Escudero
La Marcha de Sancho y la Lolita de don Quijote
Inicia el manco complutense -presentándose como su alter ego: Cide Hamete- este capítulo regodeándose del éxito de ventas (pero con pocos ingresos por derechos de autor) y buena acogida entre los lectores de la primera parte de su libro. Asímismo justifica la inclusión de las novelas interpoladas del Curioso impertinente y la del Capitán cautivo, por parecerle que sin ellas le quedaba: ”esta historia tan seca y tan limitada como esta de don Quijote, por parecerle que siempre había de hablar dél y de Sancho sin osar estenderse a otras digresiones y episodios más graves y más entretenidos”. (Nota revulsiva intercalada: debería apagar el móvil mientras pienso y escribo este comentario. Acaba de llamar un cliente pidiendo pienso para los pollos, y esto me parece que no casa con El Quijote: ademas me desconcentra. Seguire mañana).
Llega el momento en que Sancho debe de partir a tomar el mando de la insula regalada por el duque. Le acompaña un mayordomo del noble de España, ducho en artes escénicas: y con esta cualidad se le reflejó a Sancho, ya que vio en él la misma representación, cara y voz de la Trifaldi. Comunica Sancho a don Quijote esta apreciación, a lo que el amo contesta que eso no es posible, puesto que “implicaría una contradicción muy grande”(memorable respuesta, sin duda). Concluyen esta confidencia diciendol el amo a su escudero que le tenga informado de cuanta anomalía viere y descubriere por la insula.
Por orden expresa del duque el rucio desfilaba detrás de Sancho en la comitiva que acompañaba al gobernador en ciernes. Iba el asno “de su alma” vestido con las mejores galas festivas que borrico de futuro gobernador pudiera lucir: “iba el rucio con jaeces y ornamentos jumentiles de seda y flamantes. Volvía Pancho la cabeza de cuando en cuando a mirar a su asno...”.
“Al despedirse de los duques, les besó las manos, y tomó la bendición de su señor, que se la dio con lágrimas, y Sancho la recibió con pucheritos”.
Estas lágrimas y pucheritos (lástima que no tengamos una foto del momento) barruntaban el derrumbe emocional de don Quijote: “Cuéntase, pues, que, apenas se hubo partido Sancho, cuando don Quijote sintió su soledad; y si le fuera posible revocarle la comisión y quitarle el gobierno, lo hiciera"
La duquesa, que se percató del estado anímico de subsuelo (esta semana el metro me recorre el cerebro, cosas de La Acequia) que invadia a don Quijote, le ofreció hasta cuatro doncellas de su servidumbre particular, las más curtidas de ellas en “curar melancolías” y síndromes postmarcha de escuderos.
Rehusó don Quijote tan “estrogenado” ofrecimiento, y pidiendo no ser molestado, se recluyó en su aposento: “De nuevo nuevas gracias dio don Quijote a la duquesa, y, en cenando, don Quijote se retiró en su aposento solo, sin consentir que nadie entrase con él a servirle: tanto se temía de encontrar ocasiones que le moviesen o forzasen a perder el honesto decoro que a su señora Dulcinea guardaba"
Sin duda, nuestro casto caballero, debía de tener auténtico pavor a caer en los “suaves” brazos de la lujuria: “la carne (aunque en él menos, por escasa) es débil”.
Ya más tranquilo en su estancia se dispone a desnudarse, y sucede que, al quitarse una media ésta se le agarra, tal vez a su pedestre uña de garra, con el catastrófico resultado de dos docenas de puntos soltados. Se lamenta nuestro “mediático” caballero de su mala fortuna, y de lo que tienen que padecer los pobres para no parecerlo.“Y prosiguió:«¡Miserable del bien nacido que va dando pistos a su honra, comiendo mal y a puerta cerrada, haciendo hipócrita al palillo de dientes con que sale a la calle después de no haber comido cosa que le obligue a limpiárselos! ¡Miserable de aquel, digo, que tiene la honra espantadiza, y piensa que desde una legua se le descubre el remiendo del zapato, el trasudor del sombrero, la hilaza del herreruelo y la hambre de su estómago!»"
Apagó don Quijote las velas e intentó dormirse en vano, pues hacía mucha calor; abre entonces una ventana que daba a un “florido pensil”, para refrescar la habitación, pero en vez de entrar aire fresco, entró el pecado disfrazado de voz de joven mujer. Fue, porque bajo la ventana se encontraban dos doncellitas en tertulia sobre sus incipientes amores. Altisidora, (que hacía poco tiempo que la visitó por primera vez el nuncio, según palabras de Max Estrella) jovenzuela de poco más de catorce años, recitó una canción expresando su amor por el Caballero de los Leones (ya que de Triste Figura ella no le veía nada), porque era un león o auténtica fiera sexual lo que ella reclamaba.
Cantó Altisidora su pasión en tonos burlescos. Don Quijote quejóse en su interior de ser perseguido amorosamente por todas las doncellas que encontraba, y juró en su corazón que a solo Dulcinea sería fiel.
Recoge Ricardo Bada en un pequeño estudio, enlace aqui, que la inquina que sentía Nabocov por don Quijote era debido a que le había robado la idea de Lolita con efectos retroactivos. O sea, casi cuatro siglos antes. Pobre Vladimiro.
Revulsiva Nota:
Insisto en que Pedro nos agasaje con la lectura en video del fragmento donde don Quijote se lamenta por ser pasto incesante de las llamas que sobre el vuelcan las damas que se cruzan en su camino:
"-¡Que tengo de ser tan desdichado andante, que no ha de haber doncella que me mire que de mí no se enamore...! ¡Que tenga de ser tan corta de ventura la sin par Dulcinea del Toboso, que no la han de dejar a solas gozar de la incomparable firmeza mía...! ¿Qué la queréis, reinas? ¿A qué la perseguís, emperatrices? ¿Para qué la acosáis, doncellas de a catorce a quince años? Dejad, dejad a la miserable que triunfe, se goce y ufane con la suerte que Amor quiso darle en rendirle mi corazón y entregarle mi alma. Mirad, caterva enamorada, que para sola Dulcinea soy de masa y de alfenique, y para todas las demás soy de pedernal; para ella soy miel, y para vosotras acíbar;"
viernes, 2 de abril de 2010
COMENTARIO AL CAP. 2.43 DE DON QUIJOTE
"El espiritu de Sancho Panza": el caracter español a traves de los refranes
Quien escuchara los consejos que don Quijote transmitía a Sancho nunca pudiera decir que no era persona cuerda y cabal. Nuestro flaco hidalgo sólo desvariaba en lo tocante a la caballería andante. De esta forma, “a cada paso desacreditaban sus obras su juicio, y su juicio sus obras”. Menuda dicotomía se nos presenta a los lectores: saber cuando don Quijote muestra su lado cuerdo y cuando el fabuloso o fabulador; ya que los efectos en los lectores (sobre todo en los letraheridos) son más terapéuticos cuando representa su perfil onírico, mas que el telúrico, o de los pies en el suelo con su cruda realidad (ya se sabe, de la nutrición de los sueños para sobrevivir).
Consejos segundos que se mencionan:
"-En lo que toca a cómo has de gobernar tu persona y casa, Sancho, lo primero que te encargo es que seas limpio, y que te cortes las uñas, sin dejarlas crecer, como algunos hacen, a quien su ignorancia les ha dado a entender que las uñas largas les hermosean las manos, como si aquel escremento y añadidura que se dejan de cortar fuese uña, siendo antes garras de cernícalo lagartijero: puerco y extraordinario abuso."
También le aconseja que no lleve los calzones caídos que le arrastren por el suelo porque ello indica flojedad del alma (o que va, como los jóvenes de ahora, a la moda).
“No comas ajos ni cebollas, porque no saquen por el olor tu villanería” (y porque ninguna le va a arrimar los morros).
"Anda despacio; habla con reposo, pero no de manera que parezca que te escuchas a ti mismo, que toda afectación es mala. Come poco y cena más poco ( Sancho pensaba: a mi señor se le ha ido la "olla", si no como mas que mendrugos), que la salud de todo el cuerpo se fragua en la oficina del estómago. Sé templado en el beber, considerando que el vino demasiado ni guarda secreto ni cumple palabra. Ten cuenta, Sancho, de no mascar a dos carrillos, ni de erutar delante de nadie."
-”Eso de erutar no entiendo -dijo Sancho"
"-Erutar, Sancho, quiere decir regoldar, y éste es uno de los más torpes vocablos que tiene la lengua castellana, aunque es muy sinificativo; y así, la gente curiosa se ha acogido al latín, y al regoldar dice erutar, y a los regüeldos, erutaciones; y, cuando algunos no entienden estos términos, importa poco, que el uso los irá introduciendo con el tiempo, que con facilidad se entiendan; y esto es enriquecer la lengua, sobre quien tiene poder el vulgo y el uso."
Vemos cómo Cervantes se mete a académico lingüista de antaño, dando prácticamente la misma justificacion sobre los motivos para admitir vocablos nuevos en el Diccionario de la Lengua que daría un académico de hogaño.(Ya no solo es la Academia la que Limpia Pule y da Esplendor, sino que hay una empresa que ha encontrado un fin higienizante y un tanto escatologico para las obras literarias: Clic aqui)
También hizo bastante hincapié don Quijote a Sancho para que no incluyese “a troche moche” tantos refranes en sus conversaciones, porque con frecuencia no venían a cuento y parecían más disparates que sentencias. Todos los refranes del Quijote, y aqui los refranes de la Enciclopedia Libre en Español
Sancho le contestó a su amo que él no podía dominarlos ya que le salían de la boca a borbotones irrefrenables.
Pero de lo que más se lamentaba Sancho era de su mala memoria para retener los conejos, y aunque los aceptaba como necesarios, presentía que por ser tantos, los olvidaría en el momento más oportuno. Don Quijote le sugiere que los escriba y los repase, pero el pobre Sancho se duele de no saber escribir; sólo su nombre sabe hacer y a grandes trazos, como los que se escriben en los fardos o paquetes que se mandan por cosario. Finalmente cae en la cuenta de entregárselos escritos a su confesor para que se los recite en cada confesión.
Le comunica don Quijote a su escudero que no le ve madera de gobernador, que teme ponga la ínsula “patas arriba”; a lo cual Sancho le contestó que, en ese caso, estaría dispuesto a dejarlo porque prefería irse al cielo como Sancho que al infierno como gobernador.
Reconoce por fin don Quijote la nobleza de su subordinado y le premia con la siguiente expresión: “Buen natural tienes, sin el cual no hay ciencia que valga”.
Como broche final a todos los consejos dados y, ante la inminente toma de posesión de la insula por parte de Sancho, don Quijote le manifiesta fervorosamente que se encomiende a Dios.
"Y vámonos a comer, que creo que ya estos señores nos aguardan."
Nota Revulsiva:
Este comentario pertenece a la Red de Comentarios Quijotescos que desde su blog La Acequia dirige nuestro, ojala ya menos febril, profesor Pedro Ojeda Escudero
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