Desde nuestro asiento escuchábamos el griterío que una multitud, casi enloquecida, profería dentro del abarrotado bar. Daban por televisión un partido de fútbol. Este hecho provocaba en los presentes un exacerbado jubileo, próximo al paroxismo. Todo el barrio estaba inundado de esa endiablada vorágine decibélica .
Nosotros, tranquilos en nuestra mesa, cuando ya el cristal poco a poco dejaba de brillar por aquellos rezagados haces de luz solar, atendíamos nuestro mínimos negocios que consistían en deglutir aquellos caprichos culinarios que nos habíamos regalado.
De pronto observamos como, el coche que había estado reposando a nuestro lado, inicia unos extraños movimientos, una inesperada “danza del vientre”. Meneando arrítmicamente su abultada cintura metálica, pero sin despegar sus pies-neumáticos del suelo.
En vano intentaba la conductora movilizar aquel cacharro. Todos sus esfuerzos resultaron inútiles. La fuerte pendiente que tiene la calle y la escasa distancia que separaba su coche con el de abajo, le hacían imposible, a aquella desgraciada mujer, salir de aquel atolladero.
Las gentes que ocupábamos las mesas de la terraza, nos quedamos contemplando aquella triste escena, sin saber o querer (más bien) reaccinar. Nadie movía un dedo por socorrer, a una mujer, que era incapaz de retirar su coche de aquel aparcamiento.
Una vez tras otra, la señora, intentaba ejecutar la maniobra de dar marcha atrás, ayudándose del freno de mano, para evitar embestir al de delante, pero al final siempre se le calaba. La mujer sudaba copiosamente.
Algunos salieron del bar para ver el espectáculo, todos ya murmuraban, algunos no podían evitar la risa, casi, o sin casi, se mofaban.
La conductora, envuelta por un ciclón de nervios, limpiaba el sudor de su frente y miraba con sus tristes ojos, a los espectadores de su inesperado circo.
Yo era uno de aquellos espectadores. Y llegó un momento en que no pude soportar más aquella humillante escena, la desesperación de aquella desvalida persona quién nos estaba suplicando sin abrir la boca (pero a gritos) que la socorriéramos.
Me levanto de la silla, me aproximo a su ventanilla y le digo - ¿me permite que le ayude?
-por favor, no puedo sacar el coche de aquí.
Me siento al volante , tanteo la posición y dureza de los pedales. Observo en el cabezal de la palanca de cambio la posición a poner para cada marcha. Para meter la marcha atrás hay que aproximar la palanca al asiento del conductor y empujarla hacia delante, memorizo. No conforme con esta información pregunto a la señora:
la marcha atrás es pegada a mi y hacia delante ¿no?. –
Sí, sí, contestó temblorosa ella.
Con total seguridad y decisión paso a comenzar aquella “hazaña. Mi currículum de conductor es muy dilatado en el tiempo y de gran variedad de automóviles. Soy todo un genio en el arte de la conducción(amigo Sancho, se diría), una máxima autoridad .
Empujo el embrague a fondo, meto la marcha atrás, para no dejar margen al error cojo el freno de mano con la derecha. A continuación, al igual que cualquier buen conductor hubiese hecho: fui levantando el pie del embrague despacito, al mismo tiempo que voy empujando suavemente el acelerador. El coche quiere ponerse en movimiento, noto ya su pequeña sacudida, entonces ¡PISO FUERTE EL ACELERADOR!, ¡BAJO EL FRENO DE MANO! Y………… ¡BUUMMMBAAA! ¡CRAAACCCSSS CATACRAAASSS!
Los faros delanteros del Audi A4 blanco ¡REVENTADOS!, ¡NOOOOOOO!
La catástrofe se ha consumado. El llanto de la señora es un incesante grito ¡MI COCHE NUEVO! ¡ MI COCHE NUEVO!, ¡MI MARIDO ME MATA!, ¡ME MATA!
Yo intentaba calmarla, pero que va, era tontería.
El fútbol dejó de interesarle a la masa de gente que hubo dentro del bar; en tropel todos acuden a ver el estropicio. NO PUSE MARCHA ATRÁS, PUSE PRIMERA.
¿Por qué nadie me avisó?—Señora usted me dijo que la marcha estaba bien puesta, ¡por favor señora no llore!. Toda aquella gente me miraban con ojos acusadores: ¡cómo se puede ser tan torpe! Pensaban y decían.
¿Por qué el Real Madrid no metía ahora un gol?, ¿por qué no dejaban de reir toda aquella gente?. Mi amago de generosidad se convirtió en desgracia. Hice el más grande de los ridículos. –Señora no llore, no llore, con el seguro de mi coche costearemos los desperfectos. A lo que ella contestaba –¡MIS FAROS! ¡MI COCHE NUEVO! ¡MI MARIDO ME MATA!
Mi señora que había permanecido callada hasta ese momento, tampoco se pudo reprimir:
¡ERES TONTO! ¡TÚ POR QUÉ VAS A DONDE NO TE LLAMAN!
¡QUÉ VERGÜENZA! ¡QUÉ RIDÍCULO MÁS GRANDE! ¿DÓNDE ME ESCONDO?